—Dios... —exhaló cuando el cuerpo fuerte de Ares le abrió las piernas, pero sintió cómo las mismas se acomodaron en su hombro. —¡Oh, por Dios! —terminó indicando a la lengua que se abrió espacio en su coño. —Ah, Dios.
Las manos de Melissa se tornaron puños que le pusieron los nudillos blancos, los ojos dejaron el techo cuando se cerraron de forma apretada y aunque el cuerpo intentaba mantenerse quieto, las sensaciones estaban despertando demasiado en ella. Las piernas fueron abiertas y coloca