Ella se quejó cuando él, desde el cuello, la puso de puntillas. Notó con una sonrisa de satisfacción cómo ella pegó sus brazos a su propio pecho para no tocarlo, y tampoco lo miraba. Por lo que, tras lamer sus labios, le elevó el mentón buscándole los dorados ojos. La duda, el miedo y la incertidumbre yacían muy claros en ellos, gobernaban la mente de su esposa, a quien solo le rozó el rostro con el índice libre, un movimiento que afloró esas emociones que Melissa parecía tener en el límite su