—¿Sí? ¿Mi esposa huele a dulce?
—Lo hace.
Quiso envolverse en algún tipo de juego, como si aquello que la aterraba no fuera más que una exploración del hombre con el que se había casado.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
El grito fue claro y agudo cuando Ares mordió su hombro. La presión la separó por completo del mismo, pero ella solo se volteó, cubriéndose la herida con la mano. Bajo la luz de ese pequeño ojo de buey, el cuerpo de Ares Ravage, cargado de cicatrices de quemaduras y un tatuaje que