—Ares, esta boda no se puede dar —soltó.
La risa, completamente burlona, del caballero fue inmediata. Se recostó en el respaldo, cruzando sus dedos enguantados ante su rostro.
—Tu hija, mi prometida, acaba de anunciarme que en una hora estará lista para empezar. Esta boda se dará, Maurice —achicó la mirada—. ¿Realmente pensaste que podrías venir aquí a ordenarme a mí?
Maurice tensó la mandíbula, agarrándose con fuerza de la silla cuando Ares, con lentitud, se fue poniendo de pie. Su metro n