Ni siquiera había sentido el dolor en sus nudillos pálidos, apretados con fuerza contra la orilla de la cama, hasta que tuvo que desviarse de sus profundos pensamientos y posar su mirada cansada en la puerta que llamaron. No iba a dar una orden; después de todo, sabía que, la diera o no, iban a ingresar a ese lugar, que no dejaba de ser grande, hermoso y lujoso, pero que para ese punto ya se sentía como su prisión.
Se puso de pie tras un suspiro, ajustando la bata de seda que ahora usaba. El