—¿Qué es lo que quiere de mí? —consultó la joven.
—Todo. Absolutamente todo.
Cuando lo buscó con la mirada, sintió las lágrimas deslizarse por sus pálidas mejillas.
—Tengo tres reglas.
El tono de su voz la obligó a escuchar con atención.
—Uno, nadie puede verme a los ojos. Dos, nadie puede tocarme. Y tres, nadie, absolutamente nadie, puede decirme que no.
—¿Y eso me incluye a mí, su futura esposa?
—Por supuesto.
Sus grandes ojos se abrieron cuando, al fin, Ares se dio la vuelta, mostrá