Las manos fueron acomodadas nuevamente al frente, cuando Ares la abrió de piernas para chuparla. El cuerpo se arqueó ante ese recorrido, que solo pudo llevarla al caos, al límite perfecto de la siguiente liberación, una que se vio intensificada por ese Ares tomándola de nuevo. Las piernas de su esposa fueron moldeadas: en sus hombros, colgando de sus brazos, enrolladas a su cintura. La azotó como quiso y cuanto quiso, exigiéndole con voz grave ese sexto orgasmo.
—Dámelo, pequeña mimada. Dale a