—Mañana, cada vez que camines o incluso te sientes, vas a pensar en lo que hemos vivido, en los once orgasmos que tu esposo, obediente, te ha entregado para conservar las cuentas claras de nuestro feliz matrimonio —ella solo jadeó cuando Ares le dio ese cuarto azote—. ¿Quién es mi buena niña?
—Yo —respondió ella—. Yo lo soy…
Las manos le picaron y el ceño se le frunció cuando, en el momento que rozó la enorme erección, Ares le pegó en las manos.
—Aún no, colibrí —le hundió un pulgar en la boca,