Las armas continuaban apuntando, pero nadie se atrevía a disparar.
Vittorio mantuvo la mirada fija en Isabella durante varios segundos. Después, lentamente, bajó el arma.
—Bajen las armas —dijo al fin después de mucho pensarlo, mientras sus hombres intercambiaron miradas.
—Pero, señor…
—¡He dicho que bajen las malditas armas!.
Uno a uno, los fusiles comenzaron a descender.
Luca frunció el ceño, sorprendido.
Adriano no hizo lo mismo. Su pistola continuaba apuntando directamente al pecho de Vitto