Lara
El reloj marcaba las tres de la madrugada. El hotel estaba en silencio, y el miedo pulsaba en su pecho. Cada paso era calculado, cada respiración era controlada. No podía cometer errores. Si la atrapaban ahora, nunca tendría otra oportunidad.
Recorrió el pasillo del hotel con el corazón latiendo tan fuerte que parecía resonar en las paredes. Sus manos temblaban mientras sostenía con fuerza la correa de la mochila, donde había metido lo poco que pudo agarrar a toda prisa. Un abrigo, algo de dinero que tenía escondido, el pasaporte que le robó al escritorio de su padre. Nada más importaba. Necesitaba salir de ahí.
Cuando llegó al vestíbulo, su cuerpo se tensó. El recepcionista estaba con la cabeza agachada, mirando el celular. Contuvo la respiración y pasó rápido. Las piernas le dolían de tanta tensión, pero no se detuvo hasta sentir el viento cálido de la madrugada rozarle el rostro.
Estaba en la calle. Sola.
Dubái de noche era una ciudad vibrante, pero ella no veía luces ni belleza. Solo miedo. Caminó rápido por las calles, sin rumbo. Su plan era encontrar un taxi y desaparecer, pero todo parecía confuso. No hablaba el idioma, no sabía adónde ir.
Después de algunas cuadras, se dio cuenta de que la estaban siguiendo.
Primero fue un susurro. Un escalofrío le recorrió la espalda y apretó el paso. Miró discretamente por encima del hombro y vio a tres hombres mirándola fijamente. Reían entre sí, murmurando palabras que no entendió.
Tragó saliva e intentó caminar más rápido. Pero ellos también aceleraron.
Su corazón se disparó. Estaba sola, en un país extraño, sin nadie que la ayudara. Empezó a correr.
Pero ellos corrieron detrás de ella.
Uno de ellos la agarró del brazo con fuerza. Gritó, intentando soltarse. Otro le jaló la mochila, y ella forcejó.
—¡Suéltenme! —gritó, pateando e intentando escapar.
El miedo la sofocaba.
Entonces, un disparo rasgó la noche.
El hombre que la sujetaba del brazo cayó al suelo.
Los otros gritaron, pero otro disparo los silenció. Sus ojos desorbitados vieron moverse las sombras. Alguien salió de la oscuridad. Un hombre vestido de negro.
Guardó el arma y se acercó a ella.
—Ven conmigo —dijo en un inglés firme.
Quería correr, pero las piernas le temblaban. No tenía fuerzas.
Él la tomó del brazo y la guió hasta un auto negro. La puerta se abrió, y la empujaron adentro.
El trayecto fue un borrón. Seguía temblando. Quería luchar, gritar, pero su cuerpo estaba paralizado. Lo único que sabía era que su huida había fracasado.
Cuando el auto se detuvo, la arrastraron al interior de una mansión lujosa. Luces doradas iluminaban el mármol blanco del suelo. Podía percibir la fragancia cara en el aire, pero todo la sofocaba.
Y entonces, lo vio.
Khaled estaba parado en medio de la sala, con sus ojos oscuros analizándola. Vestía una bata de seda, como si acabara de despertar. Pero su mirada no era soñolienta. Era afilada.
Su rabia explotó.
—¡Te odio! —gritó, abalanzándose sobre él.
Sus puños golpearon su pecho, pero él no se movió. Le tomó las muñecas y la sujetó con firmeza, inmovilizándola.
—¡Suéltame! ¡No tienes derecho! ¡No soy tuya!
Él sonrió. Lento, peligroso.
—Estás equivocada. Ahora eres mía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡No puedes tratarme como una moneda de cambio!
Él inclinó la cabeza, sin dejar de sonreír.
—Puedo hacer lo que quiera. Y deberías acostumbrarte, porque ahora me perteneces.
La desesperación se apoderó de ella. Estaba atrapada.
Y Khaled no iba a dejarla escapar.