Alberto VasconcellosEntró en casa y, como siempre, fue recibido por el silencio pesado que habitaba ese lugar. Antes, su casa era un reflejo de su posición: muebles importados, cuadros de artistas reconocidos, alfombras persas. Ahora, todo había perdido el brillo. Parecía un escenario a punto de derrumbarse.Subió las escaleras, sintiendo la tensión en el aire. Sus hijas estaban todas en casa. Podía escuchar sus voces en el piso de arriba. Natália y Bianca, las mayores, conversaban animadamente sobre alguna tontería fútil. Lara, como siempre, estaba callada.Abrió la puerta del estudio y se sirvió un vaso de whisky antes de enfrentarlas. Su paciencia andaba corta, y sabía que no le iban a gustar las reacciones que estaban por venir.—Reúnanse en la sala —dijo en voz alta, lo suficiente para que todas lo escucharan.Natália y Bianca bajaron primero, con aires de aburrimiento. Eran exactamente lo que la sociedad esperaba que fueran: hijas mimadas de un empresario rico. Siempre habí
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