Cuando el coche se detuvo frente a la entrada, el corazón le latía con tanta fuerza que le costaba respirar. Bajó del vehículo, cerró la puerta con violencia y se obligó a caminar hacia el interior. Debía hacerlo. Tenía que hacerlo.
Natalia apareció en el umbral del salón, con el cabello suelto y una sonrisa cálida que contrastaba con la oscuridad que lo envolvía.
—¿Todo está bien? —preguntó con el ceño fruncido, al notar el semblante sombrío de su marido—. ¿Por qué tienes esa cara?
Sus ojos ba