Los días pasaron, y la tregua se mantuvo.
Resguardada siempre por guardaespaldas, Natalia podía entrar y salir de la villa a su antojo. Visitaba a su abuela Rosa todos los días; cada jornada la encontraba mejor, más fuerte. A veces Rosa preguntaba por Franco, y Natalia callaba, inventando evasivas. ¿Qué podía decirle? Que su padre había desaparecido en sus negocios turbios, quizá hundido en vicios o disfrutando del dinero manchado que había ganado. Lo importante era que ya no podía dañarlas. Es