KEILY
—Marcello, los niños son tuyos.
Ambos perdemos el aliento cuando las palabras salen de mi boca. Él, por la incredulidad; yo, por la abrumadora mezcla de alivio y miedo.
—¿Qué? —pregunta, completamente incrédulo—. ¿Cómo diablos… por qué no me lo dijiste?
—¡No podía encontrarte! Eras imposible de localizar. ¿Crees que no revisé todo Internet buscándote solo para tener la oportunidad de gritarte por haber arruinado mi vida? —respondo, incrédula—. No iba a dejarte escapar así como así si podí