El frío del mar abierto se nos había metido hasta los huesos cuando la pequeña barca encalló en la arena gruesa de aquella isla perdida. El amanecer apenas era una línea de un gris sucio en el horizonte, y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas era lo único que llenaba el silencio que nos rodeaba. Ayudé a Mateo a bajar, viendo cómo apretaba los dientes por el dolor de su herida, que la salitre del agua no había dejado de castigar durante toda la travesía desde el barco del Viejo Sam.