El olor a salitre y a madera podrida me golpeó la cara en cuanto bajamos del coche, recordándome que habíamos llegado al final del mapa. La costa se extendía frente a nosotros como un desierto de agua oscura, bajo un cielo gris que amenazaba con otra tormenta. Mateo caminaba a mi lado, ocultando su arma bajo la chaqueta, con los ojos moviéndose de un lado a otro entre las redes de pesca y las cestas vacías del muelle. Después de la huida del hostal, el cansancio se nos notaba en los huesos, per