Varkas empezó a desabrochar los botones de la blusa de Elena, pero no con prisa, sino con una devoción casi religiosa. Se detuvo para besar la marca del anillo en su dedo y luego subió por su brazo hasta llegar a su hombro.
—Adalmo dice que eres inteligente, que viste lo que nosotros no —continuó él, su voz vibrando contra su piel—. Pero no quiero que seas un soldado. Quiero que seas mi descanso.
Él la cargó, llevándola hacia la cama inmensa que dominaba la habitación de la finca. Allí, rodea