Desperté sumergida en una quietud poco familiar. No era el silencio vacío de mi suite, sino una calma densa, cargada de la esencia de Kaelan. Madera de roble envejecida, humo de la chimenea y ese aroma a tormenta que ahora me resultaba extrañamente reconfortante. Seguía en su cama, arropada con sus mantas. El sillón junto al fuego estaba vacío.
Me senté, sintiendo un dolor sordo en cada músculo, un eco fantasma del poder del Sello. Pero bajo el dolor, noté algo más: una claridad. El zumbido con