La victoria tenía sabor a ceniza y ozono. Los primeros rayos del sol asomaban por el horizonte, tiñendo de rosa y oro un paisaje devastado. Golems de piedra yacían destrozados, la tierra estaba marcada con parches de escarcha eterna y oscuridad carbonizada. La mansión, aunque en pie, respiraba con la pesadez de un herido de guerra.
Kaelan me llevó a sus aposentos, ignorando las miradas de los supervivientes. Ya no había lugar para las apariencias. Me acostó en su cama y, con una ternura que nun