Michel observaba el mapa extendido sobre la mesa sin necesidad real de hacerlo. Conocía cada punto, cada desplazamiento posible, cada margen de error. Lo había recorrido mentalmente tantas veces que el papel era casi un gesto ritual, una forma de ordenar lo inevitable.
No era la aparición del cadáver lo que lo inquietaba. Tampoco la torpeza del acto inicial. Eso era ruido. Variables menores.
Lo que lo incomodaba era la dirección.
La ciudad se extendía bajo sus pies como un tablero de ajedrez il