Con un gemido suave, casi un suspiro de rendición, se incorporó. Se arrodilló sobre el sofá, todavía desnuda, con el cabello revuelto y la piel encendida. Por un instante lo miró desde abajo, sus ojos brillando de deseo y de hambre.
Extendió la mano temblorosa y lo rodeó con sus dedos. La dureza la sorprendió, la calidez la excitó aún más. Lo acarició lento, explorando, saboreando con el tacto lo que anhelaba con la boca. Andrei gruñó profundo, un sonido grave que resonó en su pecho como un tru