La puerta se cerró tras Lucien. El silencio que quedó fue peor que la pelea. Sofía temblaba en la cama, cubierta apenas por la sábana, y Michel permanecía de pie, rígido, con la respiración pesada, como un animal contenido a punto de estallar.
Al fin habló, con una voz grave que no era rabia, sino una confesión seca:
—Te necesito conmigo. Pero eres libre, Sofía. Si lo que buscas está en otro lado, vete.
Sofía lo miró con los ojos enrojecidos, la sábana resbalando lentamente de su hombro desnudo