La noche avanzaba con un silencio incómodo en el apartamento de Michel. Los demás ya se habían retirado, dejando la penumbra cargada de humo y tensión. Sofía permanecía cerca de la mesa, recogiendo algunos papeles que Michel había dejado desperdigados, mientras él se mantenía de pie, inmóvil, con la mirada clavada en ella.
Su voz, cuando al fin habló, fue un corte helado:
—Lucien te mira demasiado.
Michel no apartó la mirada. No necesitaba levantar la voz para marcar territorio. Había aprendido