Andréi sostuvo el silencio como un arma cargada. Se levantó. Fue hasta el maletín y lo cerró con un clic preciso.
Al volver a la mesa, apoyó ambas manos sobre el borde, inclinado hacia Lucien. —Hay otra opción. Andréi no improvisaba escenarios. Cada palabra que pronunciaba había sido probada antes en su mente como se prueba un arma nueva: peso, alcance, retroceso.
Aquella opción no era una bravata ni un desafío frontal. Era una invitación a la violencia planificada. Para hombres como él, espera