Tess lo había olvidado completamente: Alexander de la Poer era insaciable. No se detenía una vez que comenzaba. En la casa de citas en Londres había sido famoso por eso: por solicitar la compañía de una mujer tras otra, y ninguna terminaba siendo suficiente para calmar su ávida sed, ese apetito voraz que ahora hacía que Tess apenas pudiera sostenerse en pie.
Gimió, con la mirada desdibujada y las piernas al límite.
La ropa de cama se apretó bajo sus dedos, hasta que las yemas se pintaron de rojo