Tess abrió los ojos con el alba. Despertó a la misma hora de siempre, a las seis de la mañana, y lo primero en que pensó fue en la ropa que debía arreglar ese día.
Se quiso levantar y salir deprisa para comenzar a trabajar. No obstante, apenas se alzó sobre los codos, recordó todo súbitamente. Las caderas le dolían para moverse, un dolor tirante y ardiente que la hizo reprimir un gesto. Los brazos del conde la envolvían por la cintura, manteniendo su espalda pegada al pecho desnudo de él.
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