En el interior del carruaje, Tess se mantenía en silencio, con la mirada fija en el paisaje que cambiaba más allá de la ventana, alejándose del hogar que conocía y de sus amigos. Cada tanto, sus ojos se encontraban con los de Alexander de la Poer, el conde que ahora era su “esposo”. La tensión entre ambos era palpable, casi tangible, como si el aire dentro del vehículo se hubiera vuelto denso e irrespirable.Él la miraba con un rencor helado, sus ojos grises estaban cargados de un desprecio que no se molestaba en ocultar. Tess sabía que lo había arruinado, y aunque no podía negar su culpa, tampoco podía evitar preguntarse cómo habían llegado a este punto.El carruaje se detuvo de repente, con un brusco chirrido de las ruedas sobre el camino empedrado. La voz autoritaria del conde resonó en el aire:—¡Detente!Sin darle tiempo a reaccionar, Alexander abrió la puerta del carruaje y la tomó del brazo, obligándola a descender. Frente a ellos se alzaba Anchester Hall, una mansión imponente
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