Sí el florero no fuera tan desmesuradamente grande y ostentoso, y no estuviera ubicado justo delante de ellos, todos esos aristócratas habrían podido ver cómo el conde, el invitado más destacado de aquella velada, tomaba a su esposa en el alféizar de uno de los ventanales principales.
—E-espere… ¡Aquí no…! —la voz de Tess salió temblorosa, casi transformándose en un gemido.
Pero Alexander de la Poer ignoró las palabras de su esposa y, con una mano apoyada en el cristal y la otra sujetando el mu