El asfalto mojado de Londres reflejaba las luces de las farolas como un espejo roto. En un callejón industrial a tres kilómetros de Blackthorn Manor, una furgoneta negra sin placas de matrícula aguardaba en la oscuridad, con el motor en ralentí, ronroneando como una bestia contenida.
Dante Lombardi emergió de las sombras y abrió la puerta lateral corrediza.
El interior de la furgoneta era un centro de mando móvil. Pantallas de alta definición forraban las paredes, proyectando imágenes en tiempo