Dante Lombardi bajó las escaleras de Blackthorn Manor con una calma que desafiaba a la naturaleza. No corría. No gritaba. Sus pasos sobre el mármol negro eran medidos, precisos, como el tictac de una bomba a punto de detonar.
El caos estaba a punto de estallar en la mansión. Las luces rojas de emergencia parpadeaban débilmente, alimentadas por las baterías auxiliares de los pasillos, proyectando sombras demoníacas en las paredes. Afuera, el ulular de las sirenas de las ambulancias privadas de l