Cuando Layla abrió los ojos, la habitación estaba bañada en la luz pálida y lechosa de una mañana de invierno.
El viento había dejado de aullar contra los ventanales y la tormenta había pasado, pero el frío en el interior de la suite principal era más intenso que nunca. Layla se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza embotada por el rastro de la pesadilla.
Su primera mirada voló hacia la esquina de la habitación.
El gran sillón de lectura de terciopelo estaba vacío.
Por un