El eco de la puerta al cerrarse aún vibraba en las paredes de la suite principal, pero para Layla, sonó como la tapa de un ataúd sellándose sobre su vida.
Se quedó de rodillas en la alfombra, con la respiración entrecortada y la vista nublada por las lágrimas. A centímetros de sus pies descalzos yacía la nota de Liam, arrugada y sucia de tierra, junto al sonajero de plata abollado.
Hacía apenas unas horas, en esta misma habitación, ella y Dante habían estado riendo. Él tenía pintura gris en el