En un apartamento lúgubre al este de Londres, muy lejos de los áticos de cristal de Canary Wharf y de las mansiones de Kensington, Liam Vance miraba una pantalla de ordenador con ojos inyectados en sangre.
La habitación apestaba a comida china rancia y a whisky barato. Era todo lo que podía permitirse ahora. En cuestión de semanas, Dante Lombardi lo había despojado de todo: sus acciones, sus propiedades, sus coches e incluso su reputación. La alta sociedad londinense, que antes le adulaba, ahor