La noche después de la cena de caridad fue una vigilia interminable. Dante, preocupado por su repentina "enfermedad", había insistido en dormir abrazado a ella, con una mano protectora descansando sobre su vientre.
Para Layla, ese contacto, que días antes le hubiera parecido el refugio más seguro del mundo, ahora se sentía como el peso de una sentencia. Cada vez que la mano grande y cálida de Dante se movía ligeramente sobre su estómago, Layla contenía la respiración, aterrorizada de que él pud