El coche serpenteaba por las carreteras llenas de cipreses de la Toscana. A diferencia del gris perpetuo de Londres, Italia los recibió con un sol dorado que bañaba los viñedos interminables.
Layla miraba por la ventana, fascinada a pesar de su reticencia.
—Es hermoso —murmuró sin querer.
Dante, que había estado en silencio desde el incidente en el avión, levantó la vista de su teléfono.
—Es tierra vieja —dijo—. Sangre y vino. Eso es todo lo que hay aquí.
El coche giró hacia un camino de grava