Diana no supo en qué momento había acabado sentada en el regazo de Alexander, aferrada a su cuello y sin poder hablar porque sentía su garganta cerrada por el llanto.
Su esposo no intentó consolarla con palabras, solo se quedó allí, con los brazos alrededor de su cuerpo y con su rostro pegado al suyo.
Él no necesitaba decir nada, que no la abandonara y quedara a su lado era suficiente para permitirse mostrarse como lo que se sentía en ese instante, una niña indefensa.
En su mente escuchaba a su