Marcelo bufó con molestia y su expresión cambió.
—Mira, Valeria. Sé lo que pasó con tu dinero, pero no soy adivino. No manejo efectivo, ni cuentas de otras personas porque prácticamente lo tengo todo a mi alcance con una sola tarjeta. Pero si te quedas sin dinero, debes decírmelo. Es más… —se levantó y fue hasta su ropa, sacando algo de una billetera de piel—. Te voy a dar una tarjeta azul. Es para ti. Úsala cuando la necesites, sin miedo, sin pedir permiso. Yo quiero que estés bien, ¿entiendes