El silencio en la consulta pesaba más que cualquier palabra. Sentada frente al escritorio del ginecólogo, sentía que mi corazón latía en la garganta.
—Estás embarazada, Valeria. Cuatro semanas. —Su voz era serena, profesional, pero el mundo se me desmoronó igual.
Cuatro semanas. Cuatro.
No podía respirar. No podía pensar. Solo apreté el bolso con las manos hasta que me dolieron los dedos. El doctor siguió hablando, explicándome cosas sobre el control prenatal, los exámenes que debía hacerme, pe