Un matrimonio por contrato, pero aquella noche a ambos se les olvidó que lo de nosotros no era real. Con las copas de champagne en la cabeza, nos dirigimos tambaleantes a mi habitación. La puerta se cierra tras nosotros, sellando el aire cargado de expectativa y deseo. No pienso, no analizo, solo siento.
Sus manos recorren mi cuerpo con una firmeza contenida, como si se permitiera solo por esta vez despojarse de su habitual reserva. Sus labios encuentran mi cuello y su aliento tibio me eriza la