El aire fresco de la noche me envolvía mientras sostenía la copa en mi mano, con los dedos apenas aferrándose al cristal fino. Desde el balcón del segundo piso, la ciudad se desplegaba ante mí, un mar de luces titilantes que se extendía hasta el horizonte. A lo lejos, las olas rompían contra la costa con una cadencia hipnótica, pero el sonido no lograba calmar el torbellino en mi cabeza.
No debí estar ahí.
Amika había sido maleducada, sí. Su desprecio había sido evidente, sus palabras filosas,