Esa noche, decidí que merecíamos un respiro.
Hermes nos esperaba abajo, puntual como siempre, con el coche negro brillante y esa mirada de mayordomo silencioso que lo hacía parecer salido de una película antigua. Sierra bajó las escaleras con un vestido corto de lentejuelas plateadas que me hizo reír.
—¿Tú estás segura de que esto no es ilegal en este país? —le dije señalando sus piernas.
—Tengo veinticuatro años, gracias. ¿Y tú qué? ¿Vas vestida de primera dama o de reina del hielo?
—De esposa