La noche cayó sobre Dubai con un brillo dorado que parecía envolverlo todo. Desde el balcón privado de la suite, la ciudad se extendía como una alfombra de luces, vibrante y silenciosa.
La mesa ya estaba servida cuando salimos: dos copas, velas altas, y una cena cuidada hasta en el más mínimo detalle. Los camareros se retiraron en silencio, y quedamos solos, con el murmullo lejano del tráfico como fondo.
Mateo me acercó a la silla y se sentó frente a mí.
—¿Te imaginaste alguna vez en un lugar a