La música suave se colaba entre los árboles del jardín como un susurro. Todo estaba dispuesto con delicadeza: luces cálidas colgaban de los troncos, mesas redondas cubiertas de lino blanco, copas alineadas, y un aroma sutil a jazmín flotando en el aire. La casa Montessori tenía ese aire elegante que no necesitaba esforzarse por impresionar.
Desde el interior, Rocío miraba hacia el jardín con una calma tensa. Respiraba despacio, los dedos entrelazados sobre su regazo. Había sido una tarde larga: