Una vez que el mareo me pasó, miré al cliente que había venido ayer. Él me sostenía con un solo brazo y había cierta preocupación en su mirada.
—¿Se encuentra bien? —él me sentó en una silla y se puso de cuclillas frente a mí —la miro un tanto mal, si desea, podemos ir al hospital.
—No, detesto los hospitales.
—Bueno, tenemos algo en común.
La sonrisa de aquel hombre parecía ser sacada de un maldito anuncio de pasta dental, incluso la madre del Chucky que me agredió estaba babeando.
—Señora, su