Como si hubiera obtenido una respuesta, sentí una corriente de aire que acariciaba mi rostro. Luego de sonreír, cerré el ataúd para que los demás pudieran entrar.
—Listo, amor —miré a Zayd que estaba en compañía de su padre y de su hermana —. No sé si ustedes se van a despedir de ella.
—Ya lo hicimos —Maryam se acercó a mí y me abrazó con fuerza —. Gracias por no dejarnos solos en un momento como este, cuñada.
—No tienes que agradecer, ustedes son mi familia y jamás los voy a dejar solos en un