Se miró al espejo una última vez. El rostro pulido, el cabello perfecto. Detrás de esa fachada no quedaba ni rastro de la dulce niñera. Solo quedaba el instrumento de un plan sin retorno.
—Esta vez sí —se dijo a sí misma, apretando los dientes—. Esta vez salgo con la niña en brazos.
Salió de la habitación con pasos livianos. En la penumbra del pasillo, la casa parecía dormida. Pero Clara sabía bien que el silencio no siempre era señal de paz. A veces, solo precedía al grito.
Mateo era otro que