Clara.
Su sonrisa perfecta seguía dándome vueltas en la cabeza. Su comentario. La forma en que sostuvo a Sofía. El modo en que apareció justo cuando yo había leído esas palabras.
Y el diario… ese cuaderno azul que había dejado escondido en el fondo de mi cajón, como si pudiera olvidarlo. Pero no podía. Porque lo que decía ahí, esa voz que hablaba desde el pasado, empezaba a sonar cada vez más cercana.
Cuando Sofía terminó de alimentarse y se quedó dormida sobre mi pecho, la acomodé en su cuna c