El vestido era sencillo, sin bordados exagerados ni telas brillantes. Blanco marfil, con una caída suave que acariciaba el suelo y mangas que envolvían mis brazos con delicadeza. Me quedé en silencio frente al espejo, observando no solo el vestido… sino a mí misma.
Jamás me imaginé aquí. Viva. Entera. En paz.
Tantos años huyendo de sombras que ya no me alcanzaban. Tantas veces diciéndome que el amor era algo que no podía tocar. Y, sin embargo… ahí estaba. De pie. Esperando el momento de caminar