Habían pasado algunos días desde la conversación con Fabio. Sam continuaba con su rutina, pero algo en ella se había quebrado. Iván fue el primero en notarlo. No reía con la misma frecuencia. Sus pasos se habían vuelto más lentos, su mirada más ausente. Antes solía canturrear mientras lavaba los platos o silbar con gracia al barrer, pero ahora reinaba un silencio discreto a su alrededor, como si se hubiera colocado un velo entre ella y el mundo.
—¿Estás enfadada conmigo? —le preguntó el niño un