Mientras Antonella vivía un caos emocional, Isabella en cambio, seguía viviendo su propio cuento de hadas. Cada noche, después de salir del bufete, Ignacio pasaba a verla. Compartía algunas horas con ella y con Fabián, cenaban juntos, reían, y luego él se marchaba a su casa, como si aquella rutina pudiera sostenerse para siempre.
—Gracias por venir —dijo ella acompañándolo hasta la puerta.
—No consigo estar un minuto sin ti. Si pudiera no me mudaría al apartamento del frente y sólo tendría q